Los cerros de Valparaíso

“En Chile se han implementado cambios pero a medias, parece como si la cordillera de los Andes nos aísle del mundo”, me dijo Daniel antes de realizar una larga pausa. Acababa de llegar a Valparaíso procedente de la región de Atacama, al norte del país, donde había estado trabajando para Sernapesca (Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura) después de licenciarse en Biología Marina. Desde la terraza de su edificio coronando Cerro Barón (otra de esas construcciones altísimas que rompen con toda armonía en las ciudades chilenas y que, inevitablemente, hacen pensar en una falta total de planificación urbanística), observábamos callados esa ciudad bohemia y tan llena de contrastes que se dispersaba debajo. Las casas se amontonaban en los cerros, no había una mancha en las colinas sin ocupar, y algunos se conectaban con el centro a través de ascensores históricos.

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Daniel tenía una forma de hablar excesivamente relajada para mi gusto: se tomaba minutos antes de responder a las preguntas, como si mis palabras realizaran un largo viaje a través del mundo antes de alcanzarle. Debo reconocer que al principio me ponía nerviosa esa calma pero entendí que debía respetar su ritmo, dándole espacio de tiempo para configurar sus pensamientos antes de pronunciarse. Su historia laboral se resumía en varios traslados alrededor de la geografía chilena y ni siquiera ahora que llevaba un mes en la sede de Valparaíso tenía claro si quería quedarse, pues las circunstancias que impulsaron esta mudanza habían cambiado.

El centro histórico de Valparaíso fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2003.

“Lo primero que pensé cuando llegué a Valparaíso es que los habitantes tienen que hacer frente a las adversidades cada día, deben subir y bajar los cerros para dirigirse al centro. Si vas en pareja, es imposible subir juntos, de la mano, hay que separarse”, me comentó . De hecho, el acceso a pie hacia su departamento se realizaba a través de una escalera angosta y vieja que discurría en medio de edificios antiguos, algunos de los cuales solo mantenían en pie los cementos, y custodiados por varios perros callejeros. “Si no viera el centro, pensaría que estoy en otra época acá arriba”. No era una vista hermosa sino más bien de abandono y, a pesar de todo, la vida en el Cerro era tranquila.

Esa noche Daniel tenía que trabajar preparando una exposición acerca de la Ley de Caletas, un proyecto que beneficiaría a los pescadores  artesanales dándoles la potestad de administrar su caleta, es decir, el área geográfica donde se desarrolla la actividad pesquera artesanal. “Con este proyecto me siento útil, es diferente de cuando estaba en Atacama. Allá sentía que no ayudaba a nadie, podía dejar de hacer ese trabajo y nadie me echaría en falta. Ahora gestiono leyes y les damos a los pescadores derechos para gestionar su propiedad”.

LOS CERROS TURÍSTICOS

Condujimos por las calles del Cerro Alegre donde las paredes de las casas lucen orgullosas muestras de arte urbano en lo que se conoce como Museo a cielo abierto. Sin embargo, el proceso de gentrificación ha ido apartando a los porteños de los cerros más turísticos, como Alegre y Concepción, donde la revalorización del patrimonio ha conllevado un aumento de precios y de establecimientos destinados a la explotación turística. Con lo que ese Museo al aire libre no podría estar más acertado: de seguir así, dentro de unos años eso serían vestigios de cuando las clases populares vivían en esos barrios.

Entrada al Museo a cielo abierto.
Casas coloridas en Cerro Alegre.
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Muestras de arte urbano en Cerro Alegre.

Al día siguiente me dirigí al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes donde se conmemoraban los 100 años del nacimiento de la artista y cantautora Violeta Parra (1917-1967), icono de la música latinoamericana por su compromiso político y social. De todas las canciones expuestas, me llamó la atención el tema “Mira cómo sonríen” (1962) en la que la artista chilena reprochaba a la clase política el uso del engaño para obtener el voto del pueblo, y pensé qué poco han cambiado las cosas desde entonces…

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“Miren como sonríen los presidentes cuando le hacen promesas al inocente…”
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