‘Sur’, de Ernest Shackleton

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El Endurance entre hielo/ Fuente: Wikipedia

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de total oscuridad. Escasas posibilidades de regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.”

Cualquiera pensaría que esta presentación no iba a captar mucho interés, pero se equivocaría: Shackleton recibió alrededor de 5.000 candidatos, de los cuales formó una tripulación de 27 que se embarcaron en el Endurance rumbo a la Antártida.

Cuando leo historias como ésta, no puedo evitar pensar, con una cierta tristeza, que hoy se ha perdido en gran parte esa acepción de aventura en tanto que “empresa de resultado incierto o que presenta riesgos” (Rae). Comprar un billete de avión, trasladarse a otro país y empezar a recorrerlo mientras se penetra en su cultura no presenta, por lo general, grandes riesgos ni se esperan resultados inciertos. Pero ¿qué es lo que mueve a esos hombres a alistarse en una expedición con estas (pobres) garantías? Probablemente uno de los motivo que les empujó fue ese deseo que nos satisface de la misa manera que también nos perjudica: la romántica búsqueda de aventuras.

Foto: Jot Down
Triste visión del Endurance encallado / Fuente: Jot Down

El 5 de diciembre de 1914 el navío británico bautizado como Endurance partió de las Islas Georgia del Sur con el objetivo de cruzar la Antártida a pie. Fue un viaje lleno de obstáculos ya desde el principio: soplaban fuertes vientos que hacían virar la embarcación continuamente y el frío era arrollador. Aun así, el buque rompehielos demostró ser un barco resistente fiel a su nombre, que se abría paso ferozmente entre los canales formados por las inmensas placas de hielo y los grandes témpanos, mientras se cruzaba de vez en cuando con compañeros de viaje como ballenas, cachalotes y focas de todo tipo. Gracias al diario del mismo capitán, Sir Ernest Shackleton, ha llegado hasta nuestros días la historia de esa expedición que, desgraciadamente, se topó con una masa de hielo demasiado compacta para penetrar en ella y quedó encallada durante varios meses. El fin del estancamiento llegó el 27 de octubre cuando el barco cedió antes las placas que “con la fuerza de millones de toneladas de hielo que se desplazaban detrás de ellas simplemente estaban aniquilando el barco”.

A partir de ese suceso, el lector va a sentir en su propia piel el sufrimiento de los hombres para soportar las duras condiciones y no dejarse derrumbar por la desolación que azotaba los mares del sur, envueltos entre banquisas, vendavales y aguas revueltas. El gran mérito del capitán irlandés fue mantener a su tripulación unida, enfundándoles esperanza y llevando a cabo una rutina cotidiana estricta, de modo que ningún tripulante se abandonara a un estado de inactividad, que bien seguro hubiera significado la muerte en esas circunstancias.

Los tripulantes aprovechando el tiempo / Fuente: Ralls Collection

Después de la primera zona de acampada, se sucedieron otras tres, ya que la inestabilidad de las placas de hielo les obligaba a viajar constantemente en bote en busca de superficies más firmes donde dormir. Con su relato, Shackleton nos hace vivir la fragilidad e inseguridad de las vidas de estos 28 hombres, que se despertaban cada mañana preparados para batallar por un día más en la Antártida. Al mismo tiempo, somos testigos de la gran humanidad que reina entre todos ellos y especialmente del papel relevante que desempeña el capitán en tanto que líder pero también responsable de los demás. Según su primer oficial, Lionel Greenstreet, Ernest Shackleton poseía un “sublime optimismo constante”. Estos náufragos aguantaron casi dos años viviendo en balsas de hielo o islas flotantes, alimentándose pobremente con las reservas que les quedaban y aprovechando cualquier pingüino o foca que apareciera en su camino, sin ver la luz del sol durante largos días… Aun así, se sentían alegres y apreciaban los más ínfimos cambios en su día a día, como las jornadas en que se disputaban partidos de fútbol o las veladas en que se organizaban conciertos, por lo que Shackleton concluía en su diario afirmando que “el hombre es una bestia que puede adaptarse”.

Una vez acampados en Isla Elefante, y por lo tanto, con un suelo estable, el capitán irlandés y 5 tripulantes más decidieron iniciar el viaje que les debería salvar como última opción. Se dirigieron en bote a las Islas Georgia del Sur, allí donde habían comenzado la aventura, para contactar con las estaciones balleneras que se instalaban en sus costas durante la época de caza. Aunque en este periplo de 36 horas cruzando la isla también se enfrentaron a grandes dificultades, fuertes vientos y olas, consiguieron llegar cuando ya no les quedaban prácticamente más reservas de comida. Según el líder, fue gracias a la Providencia, que les guió a través del mar y de los campos de nieve, que lograron salvar la distancia entre las dos puntas de Georgia del Sur.

Sea lo que fuere, lo que es cierto es que la expedición del Endurance estaba formada por hombres física y mentalmente muy fuertes que fueron capaces de desafiar las condiciones más extremas en medio de la Antártida para conseguir su trozo de gloria. Éste es mi pequeño homenaje a esas vidas.

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