Santiago y nada más

Me produce un inmenso placer recordar, una vez en el destino, ese momento en que tan solo estaba proyectando el viaje en mi mente. Es como si me reafirmara que tengo la capacidad de ir a donde quiera; sólo tengo que buscar los medios. Y allí, en lo alto del Cerro San Cristóbal, acompañada de mis amigos y de la ciudad de Santiago que se extendía más allá de donde mi vista podía alcanzar, me acordé del instante en qué le solté a mi familia: “Me voy a Sudamérica”.

santiago-chile

Aterricé en la capital chilena aún en invierno y los Andes no me concedieron el placer de admirarlos hasta unos días después, cubriéndose con una masa blanca espesa. A pesar de que mi cabeza siempre se alce por encima de los edificios buscando la montaña que me permita escapar, Santiago tenía mucho que ofrecerme antes de dejarla atrás. De lo primero que me di cuenta es que debía aprender los “chilenismos” si quería sobrevivir en el país: no podía comer aguacate sino palta ni tomar una cerveza, pues en el bar me ofrecían chelas. ¡Y lo mejor para pasar desapercibida era colar un “po” al final de cada frase!

santiago-chile

El centro de Santiago a lo largo de la Alameda era un batiburrillo de gente moviéndose que no parecía tener ningún destino concreto más allá de comprar. Chile no escapa del consumismo desenfrenado que ya ha acechado gran parte del mundo. “Incluso en esas barracas que ves a ambos lados de la carretera, que para ti parecerán pobres, adentro tienen de todo: televisiones de plasma, computadora, celulares…”, me comentaba un chileno afincado en Copiapó. “Hay gente que está endeudadísima por comprar por encima de sus posibilidades. Y claro, ¿para qué te compras una tele de plasma HD si no es para estar todo el fin de semana tirado en el sofá viendo tele?”.

La ciudad vista des del Cerro Santa Lucía.

Pero yo no quería encerrarme entre muros así que mis amigos me llevaron a “Sanhattan” o, lo que es lo mismo, el distrito financiero de la capital chilena donde, además, se encuentra la torre más alta de Latinoamérica, el Costanera Center, con sus 300 metros. Era domingo y en el Parque Bicentenario se congregaban familias enteras y parejas de enamorados bajo un sol suave y agradable que invitaba a tumbarse en la hierba. Los pequeños se divertían volando cometas y todos, sin excepción, terminaban en la cola del carrito de los helados.

santiago-chile
Tranquilidad en el Parque Bicentenario con el Costanera de fondo.

Nos dirigimos al Mercado Central y nada más cruzar la puerta un fuerte hedor a pescado entró por mi nariz, pues algunas tiendas ya estaban cerrando y los desechos de la jornada se amontonaban en las esquinas. Pasando de largo los restaurantes destinados a turistas, caminamos hasta el final del mercado donde se establecen los puestos pequeños y nos resguardamos de ese frío de la Cordillera con una paila marina humeante: un caldo de almejas, choritos (mejillones), congrio, lenguas de machas, cebolla, tomate, aceite de oliva y cilantro.

La paila marina es el mejor remedio para el frío de Santiago.
CASA DE ADORACIÓN BAHÁ’Í

A pocos kilómetros del centro de Santiago se inauguró en octubre de 2016 un templo destinado al encuentro de personas de cualquier procedencia, creencia religiosa, edad y sexo, con un único fin: la oración y la reflexión. No solo el emplazamiento es excepcional a los pies de la Precordillera, sino que la construcción, que me recuerda a una flor  esperando el momento de abrirse, es elegante por fuera y por dentro. Los muros de mármol del interior dejan traslucir los rayos de sol creando un reducto de paz donde uno puede dejar volar su pensamiento libremente. Por fuera, el  ocaso acaricia el templo y las montañas con una luz rosada única mientras abajo la ciudad se prepara para recibir la oscuridad.

En la actualidad hay 9 Casas de Adoración Bahá’í continentales.
Anochece en Santiago.
Facebooktwitterpinterest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *