A pie por la península de Masoala (parte 2)

DÍA 3

El tramo de hoy nos reserva muchas sorpresas ya que, a pesar de que la lluvia no aparezca durante el día, sí lo ha hecho por la noche, dejando todo el camino sumido en una piscina de barro. Los malgaches están acostumbrados a andar por este terreno resbaladizo y nos avanzan como si nada mientras nosotros, a veces cogidos de la mano del guía y el portador, luchamos por no meter los pies de lleno en el barro. Sin embargo, es inevitable que los zapatos y las piernas devengan marrones en cuestión de minutos. Además del barro, el tramo de hoy también está salpicado de ríos que hay que cruzar para seguir el camino, algunos con un pasaje más o menos estable de piedras y otros en los que hay que inventarse la forma de superarlo. Por suerte, tenemos a nuestro hombre para todo, Silvan el vigoroso, que nos coge la mano con fuerza y nos guía piedra por piedra, haciéndome sentir casi como una princesa.

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Avanzamos por medio de arrozales donde las mujeres y jóvenes recogen el cereal. “¿Por qué no cogen un puñado de espigas en vez de coger una por una y ganan tiempo?” . “Simplemente no quieren cambiar, es como lo han hecho sus ancestros, como lo han hecho siempre”, nos cuenta Tsima.

En Ankavona nos abastecemos con plátanos y agua, mientras un grupo de niños nos rodea en cuestión de minutos. Hoy somos la atracción. Cruzamos miradas y sonrisas, yo no hablo su lengua ni ellos la mía, pero simplemente compartimos un buen momento de complicidad.

Miradas y sonrisas
Miradas y sonrisas

Durante todo el trayecto, Tsima y Silvan nos van indicando los poderes curativos de todas las plantas que se encuentran en este bosque (¡prácticamente todas tienen algún uso curativo!). Hay una especie de planta verde que suele encontrarse al lado del camino y Tsima me informa de que su nombre en malgache podría traducirse como “papel de baño” por la finura de sus hojas. Creo que no hacen falta más explicaciones…

Además de su uso higiénico, esta planta también tiene poderes curativos
Además de su uso higiénico, esta planta también tiene poderes curativos

EL LÉMUR RUFO ROJO

En Ambatalaidoma nos paramos a comer y luego damos una vuelta por el Parque de Masoala para ver el lémur rufo rojo, una especie endémica de esta zona. Encontramos un ejemplar en la copa de un árbol, plácidamente tumbado. “Ahora están invernando, duermen mucho y comen poco”. De lejos me parece un peluche de color rojo por la espalda y negro en el pecho y la cabeza, si no fuera porque de vez en cuando mueve las patas bien podría pensar que es de mentira. Tienen cuatro tipos de llamada diferentes según su estado anímico. “¿La fosa es su predador, verdad?”; pregunto. “Y los humanos”, responde Tsima.

Antes los vecinos del pueblo mataban a estos lémures para comer, pero el organismo MNP (Management National Parks) ha llevado a cabo un buen trabajo de concienciación entre las poblaciones de esta zona: “Si matas a un lémur, lo puedes vender por 5.000 ariary, pero si lo conservas vendrá mucha gente interesada en verlo y ganarás mucho más durante mucho más tiempo“. Por esta razón, ahora la comunidad ayuda a proteger a los lémures.

DSC_0442Reprendemos la marcha siempre rodeados de verde y varios arrozales más. A lo largo del camino encontramos ojos que nos vigilan escondidos desde las ramas: son los abundantes camaleones de Masoala. “De las aproximadamente 160 especies de camaleones mundiales, la mitad se encuentran en mi país”, nos informa el guía.

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La pista empieza a ascender convirtiéndose en una cuesta empinada y debemos sortear más barro y piedras durante los siguientes 45 minutos, quizás la parte más dura del trekking.

Cuesta arriba...
Cuesta arriba…

Pero todo esfuerzo tiene una recompensa y después de alcanzar la cima de la cuesta empezamos a descender cobijados por un bosque frondoso de palmeras, ravenalas, y bambús que nos protege del sol durante unos minutos, hasta que de golpe nos volvemos a encontrar con una montaña pelada que aún presenta cenizas. “Los malgaches queman el bosque para poder cultivar el arroz u obtener madera, pero eso no es bueno porque estamos perdiendo muchos árboles”.

Clapas en el bosque
Clapas en el bosque

Un cerdo bien fornido nos da la bienvenida al siguiente pueblo donde pasaremos la noche, Ampokafo. La cama de esta noche es una esterilla encima de sacos de arroz, pero no hay mejor remedio que el cansancio para dormir bien. Así que después de llenar los estómagos con un buen plato de pasta nos acostamos. A pesar de que afuera los niños no dejan de hacer ruidos me parece como una melodía lejana que me induce suavemente a cerrar los ojos…

DÍA 4

Como siempre a las 7:30 estamos en pie preparados para descubrir nuevas zonas. Por la noche volvió a llover (¡aunque durante el día el cielo nos castiga un sol abrasador sin apenas nubes!) dejando los caminos llenos de barro. Le pregunto a Tsima como se conocieron él y Silvan. “De la misma iglesia, la adventista”. Creo que mi cara de sorpresa es bastante obvia porque añade “es bueno rezar” y se ríe tímidamente. La verdad es que me ha sorprendido que la gente es muy religiosa en Madagascar y Tsima me dice que alrededor de un 70% de malgaches profesan alguna religión: católica, protestante, adventista, musulmana… En Manakambahiny nos reciben muchos niños que dejan sus juegos para venir a vernos, ya que hoy, como vigila de festivo, no tienen clase.

Casa tradicionales
Casa tradicionales

Comemos en Andrakadilana y nos tumbamos en una estora a descansar, el cansancio de los días previos se va acumulando. Otra vez en ruta, me atacan los mosquitos y Tsima se ríe de mi desesperación: “no quiero que me pique el mosquito de la malaria”. Me informa de que ahora el mosquito vector del paludismo no se encuentra en esta zona porque la temperatura es demasiado baja, lo que me quita un peso de encima. “¿Causa muchas muertes aquí?”. “No, el gobierno distribuye medicamentos gratis para la gente de los pueblos.” Vienen dos cuestas que parecen no terminarse nunca, a lo que hay que añadirle el barro pastoso que amenaza continuamente con tumbarme.

De vez en cuando se agradece un puente
De vez en cuando se agradece un puente

Paramos a tomar un descanso en el siguiente pueblo, Antakotako, donde Silvan nos da a probar betsa-betsa, una bebida alcohólica a base de azúcar que los malgaches adoran. Otras 2 horas de marcha nos llevan finalmente Ambalaharongana donde dormiremos esta noche, en una cama sin cojín, sin sábanas y sin mantas, pero un colchón después de todo. La cena está riquísima: otra vez arroz, claro, pero con cebú cocinado con una salsa muy gustosa. Tsima me había asustado antes de irnos cuando nos advirtió que la comida en estas zonas rurales no era muy apetitosa porque no disponían de los medios, pero la verdad es que hemos comido siempre de maravilla, simple pero bueno.

Bajamos al río a darnos un baño, en el otro lado algunos niños lavan vajillas y las mujeres desnudas nadan en el agua. Qué placer sumergirse en el agua fría, justo cuando empieza a lloviznar, me siento purificada…La fatiga nos invita a acostarnos pronto, aunque a medianoche me vuelvo a despertar por culpa de las bestias que merodean por las paredes de la habitación (cucarachas y ratones), seguido del bebé del hotely que ha decidido que no tiene más sueño. Y a lo lejos sigue sonando la música de las celebraciones…hasta las 6:30.

DÍA 5

El día se ha despertado nublado, lo que significa una ventaja puesto que el tramo de hoy no cuenta con muchas zonas de sombra. Tsima nos cuenta historias sobre chamanes: los malgaches creen que todo mal viene de alguien, aunque sea algo lo que te inflige dolor, esto está inducido por alguien que te desea este mal. Por esta razón, cuando uno se encuentra mal acude al chamán y éste, si es bueno, le dirá quién le desea ese dolor y le dará remedios naturales para curarlo (además, si el paciente quiere, también puede devolverle el golpe al culpable infligiéndole alguna dolencia). “Pero muchos otros prefieren ir al médico y tomar drogas”. Como todo el mundo, pienso yo.
Los pueblos que pasamos están de festejo, las banderas de Madagascar ondean en todas las casas y tiendas, los niños arreglados se afilan delante las estatuas conmemorativas de la patria y los mayores llevan a cabo discursos. Nos detenemos a comer y justo empieza a llover, una lluvia de esas finas que no se nota pero te deja empapado.

Decoraciones para el día de la Independencia
Decoraciones para el día de la Independencia

Por suerte, cuando reemprendemos la marcha, la lluvia ha cesado, aunque como siempre ha dejado su recuerdo en forma de barro que debemos sortear. Pero es el último tramo y la alegría de la llegada nos da fuerzas para tomarlo con ganas. Una última cuesta y aparece una aglomeración de casas que se asemeja a un pueblo, hemos llegado a Maronfinaritra,¡lo hemos conseguido! Tsima nos felicita, especialmente a Carles, pues no le creía capaz de llegar cargando su propia mochila (“nunca he visto a un turista realizar el trekking con ese peso…”). Esta noche la pasaremos aquí y mañana tomaremos el taxi brousse en dirección a Antalaha, en la costa este, para seguir explorando el norte de la gran isla.

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