Ellos, los que te encuentras de viaje

Decía Kapuściński en Los cínicos no sirven para este oficio que “el secreto de la cuestión está en la cantidad de cosas que estas personas son capaces de decirnos en un tiempo tan breve”. Aunque él se refiriera al ámbito periodístico, es decir, a los sujetos que vamos a entrevistar, para mí esta frase toma un sentido global aplicable como máxima en cualquier esfera de la vida, y en este caso, especialmente en los viajes.

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El placer de compartir un paisaje en compañía

Ya desde pequeños aprendemos lo volátil que es el mundo y todo lo que nos rodea, perdemos a quien queremos, aunque también ganamos gente nueva; abandonamos la infancia para lanzarnos a la aventura (muchas veces horrorosa) que es la adolescencia… Todas las etapas de nuestra vida están marcadas por esa pérdida (no sólo por muerte, sino por alejamiento, desinterés, cambio geográfico…) de personas que han sido importantes en algún momento de nuestra existencia. Hoy quiero hablar de ellos, los que te encuentras de viaje, aquellas personas con quién vas a compartir una experiencia increíble, profunda y que, probablemente, nunca más volverás a ver. Por eso, es importante exprimir al máximo estos encuentros fortuitos y aprender del otro todo lo que podamos mientras nuestros caminos estén unidos.

Tiendo a pensar que el carácter efímero de estos hallazgos es precisamente lo que les dota de tanta intensidad. Nuestros amigos de toda la vida lo son porque hemos crecido con ellos, hemos compartido muchas experiencias vitales (primeras parejas, primera juergas, primeras salidas juntos a explorar el mundo…) durante muchos años. Pero ¿qué pasa con ellos? Estas personas aparecen en un punto determinado de nuestra biografía, ya sea por algunos días o incluso semanas, y el vínculo que creamos con ellos deviene tan fuerte que parece que nos hayamos conocido durante toda nuestra existencia. Si entendemos que el viaje es una experiencia transformadora del sujeto, no resulta extraño pensar que toda experiencia cobra más relevancia cuando es compartida. Ya no será sólo “haber descubierto la capital de India” sino “haber descubierto la capital de India con X”. Ellos le dan el valor añadido.

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Caminando en la misma dirección

Aunque me considero una persona bastante independiente, a quien le gusta viajar sola con los cincos sentidos en estado de alerta, me encanta cruzarme con estas personas a lo largo de mis periplos. ¿Qué mejor que adentrarse en la cultura checa al mismo tiempo que comparto descubrimientos y conocimientos con un joven de Brasil que se encuentra en mitad de su InterRail por Europa? ¿O lanzarse a recorrer el norte de Holanda compartiendo el coche con tres compañeros acabados de conocer? El viaje adquiere entonces una doble perspectiva: el descubrimiento del país, ciudad o territorio se mezcla con la exploración del otro, de su tierra de origen, de sus gustos, de su forma de entender la vida…

Por eso, nunca viajamos totalmente solos aunque emprendamos el camino sin compañía, ya que los aviones, los trenes, las calles, los hostales, los bares e incluso las tiendas están llenos de ellos, que observan con curiosidad tus movimientos hasta que se te acercan con un sencillo “Hola, me llamo Rosa. ¿Y tú?”. Y ahí empieza una nueva aventura.

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