Backpackers: el lugar donde ocurren cosas fantásticas

Una siesta tumbada en el jardín del hostal con el imponente Drakensberg ante mí; un baño refrescante en la piscina en medio de Ciudad del Cabo o un desayuno tranquilo disfrutando de paisajes encantadores. Un backpackers (podría traducirse como un albergue o hostal para mochileros) puede ser un buen lugar para dormir a un precio económico pero también es un cruce continuo de caras nuevas, de viajeros incansables en busca de nuevas metas, de recién llegados aun nerviosos por la aventura que acaban de emprender… es el punto de confluencia de ríos de gente que vagan por el mundo. Parafraseando a Tolkien, no todo el que deambula está perdido.

Acampando en medio del Drakensberg
Acampando en medio del Drakensberg

En estos lugares ocurren cosas fantásticas, se forjan amistades inolvidables, se aprende mucho y se escucha, sobre todo se escucha. Cada persona que me he encontrado por el camino tiene una historia detrás, a veces llena de buenos momentos y, en otras ocasiones, sólo malos recuerdos que al final culminan en la escapada. Pero todos tenemos una historia y el viaje forma parte de ella.

Me he parado a pensar muchas veces que es lo que hace tan especiales los backpackers, y he llegado a la conclusión que una de las características más importantes es la predisposición de los viajeros, que llegan con la mente abierta y con unas ganas inmensas de conocer: personas, lugares y historias. No se trata en absoluto de la edad (muchos los evitan argumentando erróneamente que “los backpackers son para jóvenes”) sino de la actitud de cada uno. He conocido personas adultas y algunas mayores, viajando solos o en pareja, que rebozaban energía y aventuras por todos los poros de su piel. Lo que todos tenemos en común es querer compartir nuestras experiencias con los demás, y para esto no hay límite de edad.

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Quién dijo que los mochileros no comemos bien…

Por lo general, los hostales son acogedores y cuentan con “ese lugar”, a saber, el comedor, terraza o jardín común que invita a reunirse y a hablar. Es eso, simplemente hablar. Me fascina la facilidad con la que los viajeros nos encontramos e iniciamos conversaciones en cuestión de segundos, tantas son las ganas de contar y que te cuenten. Puede que después compartamos una barbacoa para cenar y haremos planes para salir de excursión al día siguiente. O quizás disfrutaremos de una improvisada velada musical con guitarra y tam tam incluidos. Los hostales crean esta atmósfera, favorecen los encuentros y ayudan a ampliar el viaje, aportando nuevos horizontes.

INTERCAMBIO CULTURAL EN LOS BACKPACKERS

El backpackers es el punto de encuentro: de los que llegan del sur en dirección norte, de los que recorren el este hacia el oeste… todas las rutas pasan por ahí y en ese sitio confluyen emociones y descubrimientos. Yo misma he tenido la suerte de encontrarme una de las mejores personas que conozco en uno de estos lugares, por pura coincidencia. A partir de entonces ese hostal ha quedado en mi memoria como “ese lugar donde nació nuestra amistad”.

 A veces no sólo se encuentran extranjeros, sino también algunos locales que viajan por su propio país, y qué mejor manera de hacerlo junto con los visitantes, que aportan una perspectiva nueva y diferente de aquello que uno tiene tan visto. Adquirir nuevas formas de ver las cosas. En Sudáfrica coincidimos con tres autóctonos, los tres casados y padres de familia, que cada año se reservaban un fin de semana para disfrutar de unas buenas barbacoas, cervezas y nuevos amigos en un backpackers cerca de las montañas del Drakensberg. “Y cada año nos lo pasamos genial con todos los que conocemos”. Y es que, como dijo Proust, a veces “el verdadero viaje del descubrimiento no consiste en ver nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”.

Los backpackers concentran experiencias, esperanzas y deseos (cumplidos y por cumplir) de viajeros de todas partes del mundo que comparten la misma forma de entender el viaje. Por eso, en estos lugares, a menudo ocurren cosas fantásticas.

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